Es triste el caso de la FUA – por siempre presa de su retórica populista de los años 60 y 70, sin poder ver que el mundo cambia y las instituciones deben cambiar con él.
Tomemos como ejemplo las declaraciones de Maximiliano Abad, recientemente asumido como presidente de la FUA:
“Vamos a dar contenido a las consignas” dice – desde que yo estaba en la facultad (y mucho antes también) he venido escuchando la palabra “consigna”, una palabra que de tanto mal uso se ha vuelto un vacío cliché. Las consignas de que se hablan parecen ser dos, a simple vista: no arancelamiento de la Universidad pública y completa autonomía universitaria.
Ahora bien: ¿deben ser estas consignas absolutos inviolables, como declama la FUA? Ambas medidas mencionadas no son más que herramientas, pero en la mirada de la FUA se vuelven inviolables, aún separadas de los objetivos de fondo. Por ejemplo – si determinamos que ciertas carreras en las cuales hay sobreoferta de profesionales en la Argentina: ¿no sería un buen aliciente a elegir otras carreras el arancelarlas? Si cierto número de estudiantes tiene los recursos para pagar una educación universitaria: ¿no sería más justo el concentrar los fondos del Estado en aquellos que no tienen recursos, con un sistema de becas basadas en la aptitud del estudiante? Y con respecto a la autonomía: ¿por qué ha de ser la Universidad una isla, sin necesidad de rendir cuentas al resto de la población argentina? ¿No estaría mejor servida la sociedad en su conjunto si se pudiera ejercer un control más estricto con respecto a ingresos, estadías en la Universidad, estándares a los que los estudiantes deben atenerse y demás reglas de convivencia y buen uso de los recursos?
Al centrar la discusión en herramientas y no en objetivos, estamos falseando la conversación. La discusión ni siquiera debiera ser “qué es lo mejor para la Universidad o sus estudiantes”, sino “qué es lo mejor para la sociedad argentina, y cómo aseguramos que la Universidad sirva a los objetivos de la sociedad”
Mientras tanto, seguiremos con “consignas”, “movilizaciones”, “legitimación de la dirigencia” y demás estribillos setentistas. De formar profesionales idóneos, ni hablemos.