El editorial de La Nación me causa depresión (anunciada), espanto, tristeza y mucha bronca. Pasemos a desmenuzar el texto:
"El gobierno español aprobó un proyecto de ley tendiente a autorizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. De aprobarse esta iniciativa en el Parlamento, España pasará a ser uno de los tres países que tienen una legislación de este tipo, junto con Holanda y Bélgica. La idea es reformar el Código Civil, incorporando un texto que diga que la identidad de sexo de los contrayentes no impide el matrimonio. En nuestro Código Civil, la ley establece que "es indispensable para la existencia del matrimonio el pleno y libre consentimiento expresado por hombre y mujer".
Sabemos que se han aprobado proyectos de uniones civiles que contemplan los acuerdos de convivencia que realizan personas homosexuales que viven de consuno. En su momento, criticamos la solución por considerarla innecesaria y porque preparaba el terreno para socavar la institución matrimonial. Esta, como la naturaleza impone y la ley civil argentina recoge, sólo existe si se trata de la unión del hombre y la mujer. Las otras vinculaciones, posibles y toleradas por la sociedad dentro del ámbito y la esfera de la libre elección de todo individuo, no constituyen matrimonio. "
Paremos acá: el matrimonio es una institución social civil creada por el hombre. Hablar de “como la naturaleza impone” es entonces una falacia: a la naturaleza le importa tres cachos si salimos de juerga con cinco minas, nos acostamos con Juancito, o sentamos cabeza y nos casamos con Pablo o Beatriz. Por lo tanto este argumento es insalvable, lo cual destruye la siguiente frase: “y la ley civil argentina recoge”... La ley argentina es también un juego de reglas sociales que debiera estar ahí para proteger a sus ciudadanos (y a todos sus ciudadanos, gay o no) – en este contexto el proteger los derechos de las parejas gay se hace, valga la mala palabra, natural.
"Entre los argumentos de los funcionarios españoles que defienden la propuesta aparece la conocida tesis de la supuesta discriminación, que se concretaría en el carácter de "ciudadanos de segunda", que revestirían los homosexuales de uno y otro sexo por no poder contraer matrimonio, al igual que los demás. Se trata de un criterio desacertado.
La bandera de la discriminación no resiste el menor análisis en el caso que nos ocupa. Esta se da sólo entre iguales. Por ejemplo, si la ley dice que dos hombres no se pueden casar, no está discriminándolos, pues la naturaleza –y no la ley– impide que puedan procrear, y es éste uno de los fines principales del matrimonio, no ya el primario pero sí principal. Es como si la ley señalara que los varones tienen iguales derechos que las mujeres para dar a luz, y las mujeres tienen amplios derechos a producir espermatozoides; estaría alzándose contra la naturaleza, porque esas diferencias emanan de ésta y no implican discriminación alguna. "
Aquí va la segunda falacia del editorial de La Nación: el matrimonio tiene el fin de procrear. Ahem, todos ustedes usando forritos o tomando la píldora, por favor echándolos a la basura porque están bastardeando el matrimonio. Ustedes dos allá atrás – si, usted, la menopáusica y usted señor, el impotente… lo siento pero ustedes no caben dentro de nuestra definición natural del matrimonio. Y así podríamos seguirla. La verdad es la siguiente: el matrimonio es la unión de dos personas que quieren construir un futuro en común. Que ese futuro tenga o no hijos no cabe dentro de la definición del matrimonio, sino de la definición de la familia que esas dos personas quieran conformar. El Estado como tal, y siendo que le interesa la protección de estas personas que han elegido estar juntas ha, por tanto, instituido el matrimonio civil que permite que se entienda que esas dos personas formaban una unión y tenían la voluntad (si algo hubiera de pasar, como ser una muerte o enfermedad) de compartir su vida con esa otra persona y protegerlos. Por tanto el derecho no es un derecho colectivo (el derecho de dos) sino un derecho inalienable y personal: el derecho de elegir y proteger al ser amado. Y en una sociedad civil, la única manera incontestable de proteger al ser amado (dandole derechos de visita, decisión, herencia, tenencia de los hijos, etc.) es a través del matrimonio civil
Sigamos:
"Lamentablemente, entre los intentos de asimilar situaciones inasimilables, quienes aspiran a superar la limitación natural para procrear recurren a la adopción, felizmente no permitida en nuestro derecho en esos casos. Olvidan que la paternidad no es un beneficio de los padres, sino un derecho de los niños a nacer dentro de un hogar constituido, en lo posible, por un matrimonio estable y ciertamente heterosexual. En verdad, se trata de la proyección de una insatisfacción individual al cuerpo social, victimizando a un niño, al que se condena a ser formado en un remedo de familia, dándole ejemplo de una sexualidad desviada que no contribuirá al ordenamiento de su vida y futura realización en una unión matrimonial prolífica y dadora de vida. "
¿El “derecho de los niños a nacer dentro de un hogar constituido, en lo posible, por un matrimonio estable y ciertamente heterosexual.”? Discúlpeme, pero ¿en que parte del derecho de familia se menciona lo de “ciertamente heterosexual”? Los niños tienen por supuesto el derecho a una niñez feliz, a tener una educación, a vivir en un hogar seguro, al amor de los padres: todas cosas que no están en contradicción con el hecho de que sus padres sean una pareja gay.
"El Estado, hasta por razones de población y supervivencia, debe fomentar las familias heterosexuales, aptas para la transmisión de la vida. "
El Estado debe promover la familia – punto. En cuanto a población y supervivencia de la raza humana, creo que estamos OK y quizás hasta un par de siglos cerca de un momento Malthusiano.
”El proyecto español avanza sobre el tema de la posibilidad de adopción por las parejas de homosexuales, lo cual es calurosamente aplaudido por quienes defienden esta posición en nuestro país, con argumentos que no consiguen atravesar la barrera del sentido común.
Cabe entonces ser sumamente respetuosos de los derechos individuales y particulares de quienes han elegido este modo de vida, pero ser muy claros en cuanto a evitar toda asimilación al matrimonio, unión heterosexual, institución humana y perfectible si las hay, pero insustituible para la vida en sociedad conforme a la naturaleza del hombre. El afán de ejemplaridad y el espíritu de docencia que debe imperar en toda ley para el conjunto social nos impide aplaudir el proyecto español y nos insta a hacer votos para que nuestro país no siga el mismo camino.”
Acá me llegó un telegrama para La Nación: ser gay no se elige, se es y se acepta. Porque, hablando de sentido común: ¿quién elegiría una manera de ser que le va a acarrear el tener que lidiar con este tipo de ignorancias, discriminaciones, presiones y hasta violencias? Lo que si hay es aceptación: yo acepto ser gay, y por tanto elijo ser feliz y no prestarle atención a este tipo de barreras (aunque un poco me pican - si no, no escribiría esta columna) y tratar de que la gente entienda que ser un poquito distinto no es el fin del mundo y que todos queremos lo mismo en la vida.
Por otra parte – ¿cómo puede La Nación por un lado decir que se debe “ser sumamente respetuosos de los derechos individuales y particulares de quienes han elegido este modo de vida” y por el otro decir que estas personas no tienen los mismos derechos de proteger a la persona que aman y conformar una familia?
No tiene sentido, pero en este tema poco de lo que imprime La Nación lo tiene